CRÓNICA ROMANA ÍNTEGRA (Se publicó otra versión, basada en ésta, el Domingo, 01 de julio de 2012 en el periódico mexicano, Excélsior: suplemento Bon voyage), págs. 1, 8-9:
http://www.excelsior.com.mx/PlugIn/flipbook/index.php?suplemento=Bonvoyage
CRÓNICA
ROMANO-VATICANA
Roma
Para mi madre, Martha Angélica
Vázquez Gutiérrez.
Con todo el amor que soy capaz
de sentir.
Stupenda
e misera
città che mi hai fatto fare
esperienza
di quella vita
ignota:
fino a farmi scoprire
ciò
che, in ognun, era il mondo.
Pier
Paolo Pasolini, Il pianto della
scavatrice, I, 53-57.
Maravillosa
y mísera
ciudad
que me hiciste tener
experiencia
de esa vida
ignota:
hasta que descubrí
lo
que era, para cada uno, el mundo.
Pier
Paolo Pasolini, El llanto de la
excavadora, I, 53-57.
Cada
viaje es único debido a las circunstancias en que se da.
Cada
cual cultiva su propia historia respecto de un lugar, a partir de libros,
anécdotas, películas... que generan que el destino adquiera un cariz
significativo —casi legendario— que trasciende no sólo el viaje sino al viajero
mismo.
Esto
me ocurrió en relación con Roma, una ciudad donde había estado mucho tiempo
antes de que la conociera físicamente, gracias a la Literatura y la Historia, y
que re-conocí tan pronto estuve en ella.
Después de recorrer las
carreteras europeas durante un mes, Italia fue el desenlace de un periplo que
comenzara en Madrid un mes antes, y desde donde regresé a la capital española.
La “bota itálica” representó para
mí el reencuentro con mi “latinidad”, así como la realización de muchos sueños
de infancia y juventud.
Proveniente de países germanos,
eslavos..., donde el clima es como la gente —preferentemente fríos—, en Italia finalmente
salió el sol, y tanto el paisaje como las personas cambiaron.
La Città Eterna, Ciudad Eterna, me recibió por la tarde con un calor esplendoroso
y el cielo despejado. Poco a poco, desde el autobús descubrí la ciudad viva y
caótica que experimentaría en los siguientes días.
Sin embargo, tal como
escribiera el poeta Juvenal —postrimerías del siglo I y principios del II— en
su sátira tercera (III, 183-184), aquella en que describe magistralmente la
vida cotidiana y los vicios de la sociedad romana de su tiempo, y que será mi
guía espiritual en este viaje: Omnia Roma
/ cum pretio, “Todo en Roma tiene su precio.”
La riqueza cultural y
paisajística de la región del Lacio —así como del país— contrasta con su
industria hotelera, la cual es bastante deficiente respecto de otras del continente.
Tan pronto sorteé el tráfico
romano, llegué a mi hotel ubicado cerca de las Vías Aurelia y Baldo degli Ubaldi, una zona comercial
con todas las comodidades y facilidades: tiendas, restaurantes, transporte...,
y con sus inherentes complicaciones.
Saldo una cuota de 9 euros en
el hotel —cuando ni siquiera me había instalado.
Por cada día que se permanezca en Roma, hay que
pagar 3 euros adicionales al hospedaje, debido a que la ciudad albergará el
Jubileo en el año de 2025.
“¿Qué
haré en Roma?”
Después de dejar mi equipaje en
la habitación, me dispuse a conocer la ciudad. Si bien Juvenal, en la sátira
referida, se valió de la locución Quid
Romae faciam? para exhibir a “la turba de los hijos de Remo”, yo me hago la
misma pregunta en otro sentido: ¿Qué voy a hacer en Roma?
Rápidamente, decido ir a la
Fuente de Trevi. Me hago de un mapa en la recepción y camino a la estación de
metro más cercana.
La ciudad tiene únicamente dos
líneas: la A y la B, si bien han comenzado a construirse ampliaciones. Pero el
hecho de que el subsuelo esté lleno de historia, textualmente supone un
problema para dichas obras.
Hay que cuidarse de los hábiles
carteristas que rondan en su interior: me entero de que a una mujer brasileña
le sustrajeron sus documentos y dinero en un santiamén.
En la primera línea se
encuentran puntos interesantes y accesibles para los visitantes como las
estaciones Cipro (Museos Vaticanos), Ottaviano (Plaza de San Pedro), Flaminio (Villa Borghese, Vía del Corso,
Vía del Babuino, Plaza del Pueblo y Santa María de los Milagros), Repubblica (Termas de Diocleciano y
Teatro de la Ópera), Vittorio Emanuele
(Basílica de Santa María la Mayor), San Giovanni
(Basílica de San Giovanni y la Scala
Santa) y Cinecittà para ver los
estudios cinematográficos.
Por otra parte, la línea B
ofrece estas opciones igualmente recomendables: Cavour (San Pedro encadenado, donde se encuentra la escultura del
“Moisés” de Miguel Ángel), Colosseo
(El Coliseo), Circo Massimo, Piramide (Pirámide de Cayo Cestio) y Basilica San Paolo (Basílica de San Paolo).
Así, se puede concebir un
itinerario a partir de la Metropolitana
di Roma.
Los otros medios de transporte romano
también son eficientes, aunque hay que considerar el tráfico.
La Piazza di Spagna
Desciendo en Spagna y me encuentro con la Plaza de
España.
La monumental escalinata de 135
peldaños que lleva a la iglesia de la Trinità
dei Monti, está llena de personas, y hay que “vadearlas” para llegar a ella.
Una vez arriba, la vista de la Via Condotti y la Fontana della Barcaccia son espectaculares.
En dicha calle, que hoy alberga
a los modistas más afamados del mundo, se encuentra el Caffé Greco donde concurrieron Stendhal, Goethe, Byron, Keats y Liszt.
Si bien la Fuente de Trevi queda
cerca de aquí, la mejor opción es bajar en la siguiente estación: Barberini, donde además de la fuente, se
encuentra la Via Veneto.
La Fontana di Trevi
A medida que uno se aproxima a
la Fuente de Trevi, es imposible no revivir aquella escena de La Dolce Vita (1960), La dulce vida,
donde la sensual actriz sueca, Anita Erkberg, en el papel de Silvia, toma un
baño nocturno en la fuente mientras llama a Marcello Mastroianni: “Marchélo,
com jíer.”
Lo cierto es que en la
actualidad es totalmente diferente a la película de Fellini —sin mencionar que
uno no es Mastroianni, ¡y no tiene a su lado a Erkberg!
Roma, como ninguna otra ciudad
del mundo, ofrece dos caras como las de Jano bifronte, dios de las puertas, del
comienzo y el final: lo pasado y lo por venir.
La primera la de la
idealización —en que se evoca a la Roma Antigua, el Renacimiento...—, y la
segunda, la real, la colmada, la intransitable... que no por ello es menos
cautivadora.
La ciudad por sí misma es un
lugar de aglomeraciones. Difícilmente se hallará un lugar tranquilo —y mucho
menos en vacaciones.
La Fuente de Trevi es uno de
los puntos más concurridos. Tomar una foto es un acto casi heroico. ¡Ya no
digamos cumplir con la tradición de lanzar de espalda una moneda para regresar
algún día a Roma! (La canción Tre soldi
nella fontana o Three Coins In A
Fountain de la película de 1954, inspirada en la propia fuente, e
interpretada por Frank Sinatra es una de las tantas que recoge esta tradición.)
Asimismo, hay que estar alerta
entre los turistas, escolares, vendedores ambulantes —bengalíes o cingaleses—
que aguardan pacientemente por una breve distracción para sustraer la cartera,
mientras se comunican con señas y sonidos, advirtiendo la llegada de la polizia.
Mientras compro recuerdos:
playeras, sudaderas, llaveros, gorras... me sorprende sobremanera la cantidad
de chinos que despachan en los comercios de esta zona. Prácticamente todas las
tiendas les pertenecen.
El
Vaticano
I Musei Vaticani
Al siguiente día, después del
sueño renovador, me despierto muy temprano para dirigirme a El Vaticano, y
acceder a los Museos Vaticanos, un conjunto museístico compuesto
por diferentes edificios temáticos y pontificios, galerías, monumentos y
jardines.
Los Museos abren gratis al
público el último domingo de cada mes. Las filas son kilométricas y hay que
esperar horas para poder entrar.
En el llamado “Patio de la Piña”,
más que la propia escultura que da nombre al conjunto, captó mi atención el
orbe que se encuentra en el centro.
Este lugar inspira sentimientos
contradictorios. Por una parte, sus colecciones maravillan y ofenden
simultáneamente. Sin embargo, por otra, uno acepta que si la Iglesia y su
poderío no hubieran adquirido estas piezas, estos tesoros se habrían perdido
probablemente para siempre.
Dos obras me conmueven
particularmente: un mosaico romano en que un ave devora a una liebre —y en el
cual me tomo una foto jugando con la luz solar—, y el torso de Belvedere.
El Estado de la Ciudad del Vaticano
es un enclave en las entrañas de Roma —de ahí que a esta última se le denomine frecuentemente
como “la capital de dos Estados”.
Se trata del país más pequeño
del mundo (44 hectáreas) —y acaso el más rico también—, y el único donde se
habla latín oficialmente.
La Cappella Sistina
Sin salir del complejo de los
museos, entro a la Capilla Sixtina. Ésta fue construida entre 1741 y 1484 por orden
de Sixto IV, y ahí se reúnen los cardenales para elegir un nuevo Papa.
Cualquier comentario que emita
al respecto, será insuficiente. Es sobrecogedor tanto por la experiencia in situ como por lo que culturalmente
representa.
Si bien grandes pintores
participaron de esta monumental empresa, la obra de Miguel Ángel deslumbra.
A pesar de que se prohíbe tomar
fotos, y la vigilancia es incesante, la gente siempre encuentra el modo de
llevarse una imagen más que mental.
Un anciano colapsa en el
interior, e inmediatamente es atendido por paramédicos que salen de la nada y
lo sacan en camilla rápidamente del abarrotado lugar.
Le Grotte Vaticane
La grutas vaticanas ubicadas
debajo de la Basílica de San Pedro albergan las tumbas de la mayoría de los papas
—si bien hay otras en la Basílica de San Juan de Letrán, la de Santa María
sopra Minerva y la Basílica de Santa María la Mayor.
También es interesante la
visita a las diversas catacumbas romanas: de Calixto, Priscila, Balbina,
Calepodio, Ponciano, y Felicitas.
Aunque la tumba más importante
es la de San Pedro, la de Juan Pablo II era la más socorrida cuando estuve ahí,
ya que algunos días después sería beatificado.
Basilica Sancti Petri: Basilica
Papale di San Pietro in Vaticano
La Archibasílica de San Juan de
Letrán —y no la Basílica de San Pedro— es la catedral de Roma.
Sin embargo, San Pedro es el
multitudinario punto de encuentro de los católicos apostólicos romanos, un recinto
donde la opulencia está por doquier.
Entre todos los peregrinos que
comulgan aquí, de vez en cuando uno puede toparse con un creyente.
Aunque el templo es pródigo en
arte religioso, despunta La Pietà de
Miguel Ángel, esa mujer gigantesca sentada mientras soporta los despojos de su
hijo.
La Piazza San Pietro
Salgo de la Basílica de San
Pedro por una de sus varias puertas, y vislumbro la Plaza de San Pedro, la cual
está relativamente tranquila, si bien comienza ya a llenarse de visitantes
—principalmente extranjeros—, los cuales se forman para entrar al lugar del que
salí. La famosa Plaza de la Concordia en París es una copia idéntica de esta
plaza.
Lo primero que se aprecia son
turistas que posan y fotografían el horizonte. Detrás de ellos, las sillas que
permanecen vacías, a la espera de la gente que asistirá a la ceremonia de
beatificación de Juan Pablo II.
Me aproximo al obelisco que
Calígula hizo traer desde Egipto en el año 37 para su circo, y que el Papa
Sixto V colocó en 1586 en su actual ubicación.
Según la tradición católica,
este monumento presenció la crucifixión de Pedro cuando se encontraba en el
Circo de Nerón —de ahí que se le conozca como el “testigo mudo”. La leyenda
medieval cuenta que la esfera de bronce de la cúspide contenía los restos de
Cayo Julio César.
De pronto, ocurre un milagro en
este lugar donde se congregan fe, poder y dinero.
Dos niños de diferentes razas comienzan
a jugar. Se llaman Giorgio y Vai: uno italiano, el otro hindú; uno es blanco y
el otro moreno. Ambos restituyen un poco mi “fe” en la Humanidad.
Sus padres se acercan y
entablan una conversación mientras los siguen.
Me separo de ellos, y me dirijo
a los alrededores. Entro a la tienda oficial de El Vaticano.
Al salir, fotografió cuanto se
cruza en mi camino: la Terminal Gianicolo, un elemento de la guardia suiza, el
servicio postal vaticano; estatuas, gente, aves...
De
regreso a Roma
Forum Romanum
O
patria mia, vedo le mura e gli archi
E
le colonne e i simulacri e l’erme
Torri
degli avi nostri,
Ma
la gloria non vedo,
Non
vedo il lauro e il ferro ond’eran carchi
I
nostri padri antichi.
Giacomo
Leopardi, Canti, I, All’Italia, 1-6.
¡Oh
patria mía, veo los muros y los arcos
Y
las columnas y los simulacros y las yermas
Torres
de nuestros antepasados,
Mas
la gloria no veo,
No
veo ni el laurel ni el hierro que ceñían
A
nuestros padres antiguos.
Giacomo
Leopardi, Cantos, I, A Italia, 1-6.
Contrario al poeta Giacomo
Leopardi, quien no veía en los monumentos sino el esplendor del pasado, el
visitante queda estupefacto ante ese montón de piedras derruidas: fragmentos de
historia.
Recorrí el Forum Magnum como lo llamaban los antiguos romanos. Acaso junto a
las ruinas atenienses, el museo al aire libre más grande del mundo.
Fotografiaba y grababa el espacio,
acompañado por grupos turísticos de las más diversas nacionalidades, artistas
sobre las jardineras, centuriones modernos fijando el precio de una fotografía,
y luego cambiándolo...
Imbuido en este ambiente, no podía
dejar de pensar en que, de alguna u otra manera, finalmente tributaba a mis
dioses literarios latinos: Marco Valerio Marcial, Décimo Junio Juvenal, Cayo
Plinio Segundo, Cornelio Tácito, Lucio Anneo Séneca y Gayo Julio Fedro.
Fue un reencuentro con mi
pasado, con mi nombre: César. Y aunque nunca había estado aquí, sentí como si
hubiera regresado a casa.
Las estatuas de los
emperadores, los vestigios, las inscripciones... me recordaron no sólo mis
clases de latín en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, sino a más
autores: desde los historiadores Tito Livio, Salustio, Suetonio hasta los comediógrafos
Plauto y Terencio; sin olvidarme de los poetas Catulo, Propercio, Horacio, Virgilio
y Ovidio. Varrón, Cicerón, Catón, Petronio, Persio, Publio Sirio, Lucano,
Plinio el Viejo, Lucrecio, Tibulo, Ennio, Lucilio, Quintiliano... Su espíritu
aún está aquí: mis lecturas materializadas en uno de mis más profundos anhelos:
¡estar en Roma!
Llegué hasta el Anfiteatro
Flavio —nombre con que se conocía originalmente al Coliseo romano—, e incluso
pude “desfilar” junto a otros visitantes a lo largo de la Via dei Fori Imperiali, La Vía de los Foros Imperiales, construida
por Benito Mussolini, debido a que los carabinieri,
carabineros, cerraron el acceso vial.
Il Colosseo
El recuerdo de la primera vez
que vi el Coliseo al doblar la esquina a la derecha del Monumento Nazionale a Vittorio Emanuele II, sólo es equiparable en
mi memoria a aquella sensación que experimenté durante la contemplación de
Santa Sofía y la Mezquita Azul en Estambul: vistazos que me han arrancado aliento.
Llegué a los pies del Colosseum —que debe su nombre “popular” al
Coloso de Nerón, estatua que no se conserva y que estaba colocada junto al
anfiteatro— como si tratara de comprenderlo con la mirada mientras el Arco de
Constantino tratara de hacer lo mismo conmigo. Las palomas sobrevolaban alrededor
y los carruajes tirados por caballos esperaban por clientes.
Reflexiono sobre la mortandad
que albergó este lugar que hoy es tan venerado por los humanos, acaso como metáfora
de nuestra propia naturaleza: desde el ingenio para construirlo hasta el uso
que posteriormente se le dio.
Además de las luchas de los
gladiadores, aquí se ofrecían espectáculos públicos —mi admiradísimo Marcial,
adulador del emperador Domiciano, ofrece varios testimonios en sus textos, concretamente
en el Libro de los espectáculos— que
en buena parte inspiraron la locución de Juvenal: panem et circem, “pan y juegos de circo”, que degeneró en nuestro
“pan y circo”.
Es evidente que tal símbolo
requiere remozarse, pero lo que resulta inadmisible es que se pretenda “completar”
su hermosa incompletitud: algo tan ridículo como ponerle brazos a la Venus de
Milo.
Diversas marcas
internacionales, con anuencia de las autoridades, han colocado su publicidad
sobre otros monumentos históricos italianos. Así lo constaté en otras ciudades
italianas como Venecia y Nápoles.
El
centro histórico
Predico la idea de que las
ciudades hay que conocerlas a pie. Caminarlas hasta que no se pueda dar un paso
más.
El centro de Roma se presta
para esto, aun bajo los calcinantes rayos del sol.
Caminé desde el Coliseo hasta
la Piazza Venezia, Plaza de Venecia, deteniéndome
incesantemente cuando llamaba mi atención alguna edificación.
Disfrutó sobremanera el Foro,
el mercado y la columna del emperador Trajano.
Me dirijo a los jardines de la
glorieta que están frente al Monumento nacional a Víctor Manuel II, flanqueados
por los edificios de las Assicurazioni
Generali, Seguros Generales, y el Palazzo
Venezia, para obtener una fotografía de la construcción dedicada al primer
rey de Italia.
Hay una pareja de estonios que
tratan con dificultad de tomarse una foto. Me ofrezco a fotografiarlos y acceden:
me agradecen y me despido de ellos.
La propia toma me remite a la
película Roman Holiday (1953), Vacaciones en Roma, estelarizada por
Audrey Hepburn y Gregory Peck, donde la tercera protagonista es la propia ciudad
y sus lugares simbólicos.
Recuerdo que Peck pasea a Hepburn
en la Vespa, y transita por esta
plaza. También la lleva a la Bocca della
Verità, la boca de la verdad, ubicada en el pronaos de la Iglesia de Santa Maria in Cosmedin, donde según la
leyenda si alguien que miente mete la mano, la pierde. Posteriormente aquellos terminan
bailando en una barcaza anclada en el río Tíber, cerca del Castel Sant’Angelo.
Más allá de las anécdotas
relacionadas con el cine, y la cantidad de cámaras de vídeo y foto que se ven
diariamente, Roma es una ciudad cinematográfica: el escenario al aire libre
donde se desarrollan historias cotidianas.
Il Campidoglio
En la parte alta de la Colina
Capitolina se sitúa la Piazza del Campidoglio,
Plaza del Capitolio, donde se pueden admirar los Palacios Senatorio, Nuevo y de
los Conservadores —los últimos dos, sede de los Museos Capitolinos—, así como
una réplica de la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio, a donde se
podía llegar a caballo por la Escalera
Cordonata.
La Via del Corso
La antigua Via Lata es la calle principal del centro de la capital italiana, que
está delimitada al norte por la Plaza del Pueblo, y al sur, por la de Venecia.
Esta “vía” me recibe de golpe con
una multitud intimidadora.
Con las cámaras de vídeo y
fotográfica colgadas cual cananas, me abro paso entre el mar de gente, y evoco
el pasaje donde Juvenal describe lo que implicaba caminar por esta ciudad hace aproximadamente
veinte siglos: “A nosotros, cuando nos apremia el tiempo, nos estorba la
muchedumbre que delante va y el desorden de la gente que detrás viene estruja
nuestros riñones. Uno me hiere con el codo, otro me lastima con un duro brazo
de litera. Éste me golpea la cabeza con una viga, aquél con un cántaro. Mis
piernas están llenas de légamo; súbitamente un zapato enorme me pisa por
doquiera, y el clavo de un soldado se me encaja en los dedos. ¿No ves con
cuánto humo es festejada la espórtula? Se trata de cien convidados, cada cual
seguido de su cocina. Corbulón [se trata de un célebre general de la época de
los emperadores Claudio y Nerón, cuya corpulencia física era notable] apenas
cargaría sobre su cabeza tantos vasos enormes y otros trastos como lo hace ese
desgraciado esclavo de rígido cuello, en tanto aviva el fuego con su andar
presuroso. Las túnicas, recientemente zurcidas, son desgarradas.”
Y, no obstante el calor
abrasador, los romanos no pierden el estilo ni la elegancia, ataviándose con
sus “túnicas” modernas. La moda italiana predomina a pesar de la inclemencia
del tiempo.
Si se camina por el Corso, que
tiene la particularidad de ser una larga calle recta más amplia que otras del
centro histórico, pero aun así, pequeña para la afluencia vehicular y peatonal,
se puede llegar a las plazas más representativas.
Así, alejándome y perdiéndome
en las callejuelas, y regresando a mi punto de origen para ubicarme, redescubro
a la Roma en que concurren todas las épocas que han conformado su grandeza.
Textualmente se camina sobre la
historia. Las coladeras tienen grabado SPQR: Senatus PopulusQue Romanus, “el Senado y el Pueblo de Roma”, la
inscripción que solía llevar en sus insignias la maquinaria bélica más perfecta
que conoció la antigüedad.
Aquí sólo algo abunda más que
las iglesias, las ruinas y los obeliscos egipcios —situados en las plazas más
importantes, salvo en la de la República—, y son las personas. Es una ciudad
populosa tanto por los habitantes como por la población flotante.
Bebo agua de una de las
diversas tomas que encuentro por la calle. El problema de refrescarse tanto es
que pronto se necesita de un baño.
Antes que algo de comer, busco una
trattoria —tipo de restaurante
italiano, donde se paga por cubierto— para utilizar el sanitario.
Si se quiere comer más barato,
hay que emplear el sentido común, y apartarse de los lugares turísticos, y
encontrar algún local donde comprar un pedazo de pizza y un refresco.
Después de degustar de un plato de pasta y una bebida, reanudo la marcha.
La Piazza Colonna
En esta plaza, además de la
Columna de Marco Aurelio, que conmemora las victorias sobre los germanos y los
sármatas, se encuentra el Palacio Chigi, sede del gobierno italiano.
Il Pantheon
El Panteón de Agripa es otro
símbolo para los romanos contemporáneos, quienes se refieren a él simplemente como
“La rotonda”.
Aunque abundan los comercios
que disponen de sillas donde sentarse a consumir alguna bebida o alimento bajo
una sombrilla, mucha gente prefiere comprarse un gelato, helado, y saborearlo sentada en la fuente mientras descansa
y admira la imponente construcción que data de los inicios del Imperio.
La Piazza Navona
Esta plaza bien podría
definirse como la “Plaza del arte”, no sólo por las edificaciones que contiene,
sino también por el carácter bohemio que le infunden sus cafés y artistas
callejeros: caballetes, pinceles, retratos...
Es un lugar donde genios como
Bernini, della Porta, Borromini y da Cortona plasmaron su arte.
Destacan las fuentes de los
Cuatro Ríos y de Neptuno, el Palazzo
Pamphili, la iglesia de Sant’Agnese in Agone...
La Piazza del Popolo
Finalmente, llego a la Plaza
del Pueblo.
Aquí culmina mi trayecto.
Con los pies hinchados, suspiro
y hago una pausa.
A pesar del bullicio, yo
contemplo el espacio en silencio, y comienzo otro recorrido —esta vez visual:
las chiese gemelle, iglesias gemelas de
Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria in Montesanto, la Puerta del Pueblo y la
vieja iglesia de Santa Maria del Popolo, el Pincio, y el Obelisco flaminio que
se levanta en medio de la plaza.
Estoy exhausto, pero muy
satisfecho.
Me despido de la ciudad a la
cual todos los caminos llevan; la que fundara Rómulo, aquel niño que junto a su
hermano, Remo, fuera amamantado por la loba Luperca, según la tradición que
actualmente descalifica la historiografía.
La ciudad de los lugares
comunes: la de las siete colinas, la de los piñones, la de los dos toques de
bocina, la de la gente con gafas de sol, la de los romani conquistadores...
La ciudad de los epigramas de
Marcial, las sátiras de Juvenal, los poemas de Pasolini, las obras de Bernini y
Michelangelo, y los film de
Fellini...
La ciudad del sol romano, aquel
que no es igual a ningún otro del mundo, y que es capaz de infundirle vida a
esos tonos pardos, ocres y rosados, reinventándoles el color: la imagen esterotípica
de Roma bañada por la luz del ocaso es totalmente cierta.
Me
quedo con la reflexión que escribí en mi diario de viajes, el último día que
estuve en la ciudad: “A pesar del tráfico, los turistas, el calor, los
impuestos..., Roma posee cierto encanto —independientemente de los vestigios de
la cultura romana antigua— que se mete en los huesos y el alma, y propicia que
quien la conoce, aun cuando nunca más vuelva, atesore para siempre un recuerdo
de ella; pero, sobre todo, los recuerdos propios vividos en ella.
Algunas lecturas:
Epigramas de Marco Valerio
Marcial.
Sátiras de Juvenal.
Viaje a Italia de
Johann Wolfgang Goethe.
La cenizas de Gramsci de
Pier Paolo Pasolini.
Paseos por Roma de
Stendhal.
Páginas de internet:
http://www.comune.roma.it
http://www.ilmiolazio.it
http://es.turismoroma.it
http://www.enroma.com
http://www.disfrutaroma.com
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