Durante mis viajes por el mundo suelo llevar diarios con el propósito no sólo de escribir lo que experimento y conozco, sino también para controlar el dinero del que dispongo. Estos pequeños textos son “apuntes” que, aunados a las imágenes recogidas, me permiten, al consultarlos, desencadenar mis recuerdos y, a partir de esto, crear crónicas más vívidas con las anécdotas a flor de piel. En el trayecto me he topado con otros viajeros, quienes me enriquecieron con sus relatos y fotografías.

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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Giorgio y Vai: una historia berlinesa en Roma.


Giorgio y Vai: una historia berlinesa en Roma.



Maxima debetur puero reuerentia.


D. IVNI IVVENALIS SATVRA XIV, 47.



[Lat. Al niño se debe el máximo respeto.


Décimo Junio Juvenal, Sátiras, XIV, 47.]



Después de admirarme con los Museos Vaticanos, la Capilla Sixtina, las tumbas de los Papas —incluida la de Karol Józef Wojtyła— en las Grutas Vaticanas, y la Piedad de Miguel Ángel, esa giganta que carga sobre sus piernas el cuerpo exánime de su hijo, salgo de la Basílica de San Pedro por una de sus varias puertas, y vislumbro la Piazza San Pietro, Plaza de San Pedro, la cual está relativamente tranquila, si bien comienza ya a llenarse de visitantes —principalmente extranjeros—, los cuales se forman para entrar al lugar del que salí. La famosa Plaza de la Concordia en París, donde estuve hace algunos días, es una copia idéntica de esta plaza.


Lo primero que se aprecia son turistas que posan y fotografían el horizonte. Detrás de ellos, las sillas que permanecen vacías, a la espera de la gente que asistirá a la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II.


Las campanas resuenan. El sol calienta poco a poco la tierra: Urbi et Orbi [Lat. A la ciudad de Roma y el mundo]. Se pronuncian varios idiomas del mundo simultáneamente, y se funden en la lengua humana.


Camino. Fotografío y grabo lo que atrae mi atención. Reparo en los detalles.


Llego a la zona donde se erige el obelisco que Calígula hizo traer desde Egipto en el año 37 para su circo, y que el Papa Sixto V colocó en 1586 en su actual ubicación. Según la tradición católica, este monumento presenció la crucifixión de Pedro cuando se encontraba en el Circo de Nerón —de ahí que se le conozca como el “testigo mudo”. La leyenda medieval cuenta que la esfera de bronce de la cúspide contenía los restos de Cayo Julio César: Yo me llamo César, y estoy en Roma: Caesar sum, non Caesar [Lat. Soy César, no César].


Los dos pasajes elípticos de columnatas rematadas en una balaustrada sobre la que se asientan las figuras de ciento cuarenta santos que se abren a cada lado, son los brazos de un gigante que pretenden acogerme, pero que yo siento como un abrazo estrujante.


Veo a Giorgio por primera vez en mi vida. Es un niño blanco, de cabello castaño claro de cinco años aproximadamente. Viste una playera verde fosforescente con mangas azules, y pantalones oscuros doblados arriba de los tobillos mientras corre. Inmediatamente después aparece ante mis ojos Vai. Tiene el cabello negro, largo y lacio. Una playera azul cielo desfajada asoma por debajo de su chamarra roja con mangas azul marino. Una mujer los cuida a ambos de cerca: vestido delgado café, pantalones de mezclilla, blusa negra de manga larga, y tenis blancos. En la cabeza lleva un velo verde, y se cubre los ojos con unas gafas de sol. Después de seguirlos con la cámara de vídeo por un rato, me percato de que se trata de la madre de Vai.


Giorgio se aproxima a la rejilla que circunda el obelisco vaticano, y se esconde detrás de ella. Vai lo persigue: se le acerca. Cada cual de su lado: frente a frente. Los padres de los niños aparecen. —Juega con el niño, Giorgio —le sugiere su padre, luego de presenciar que le rehúye. Se acuclilla, saca un papel del bolsillo del pantalón, y le suena la nariz a su hijo. Con sus pequeños brazos por detrás de la espalda, Vai contempla a Giorgio, quien se agacha: se agacha él también como reflejo de su humanidad, y le estornuda prácticamente en la cara.


Giorgio se aleja corriendo. Vai se sorprende, y le señala con las manos a sus progenitores —quienes lo han vigilado desde hace tiempo— que aquel niño italiano se alejó corriendo. Su padre trata de atraer su atención para fotografiarlo, pero antes de hacerlo, me prodiga una mirada, la cual veo horas después mientras reproduzco la cinta grabada.


La curiosidad de Vai no cesa. Se para frente a Giorgio nuevamente, e intenta tocarlo.


Hace calor. Desde que llegué a Roma la temperatura ha sido elevada. La gente busca refrescarse a los pies de una farola: ANNO MDCCCLII, año 1852. El agua mana de una pequeña toma. Giorgio tiene sed. Su padre lo carga para que beba.  Antes de echarse a correr de nuevo, el pequeño se seca la boca con la mano.


Los padres de Vai y Giorgio —así como yo— seguimos a Vai, y Vai a su vez, sigue a Giorgio, quien se para sobre una de las placas de mármol de la plaza, cuya inscripción indica el Nornoroeste: “Nord Nord Est - Tramont Greco.”


Ambos comienzan a conversar: se conocieron gracias a sus vástagos. El padre de Vai le pide su correo electrónico al de Giorgio para que le envíe las fotos que tomó. Yo presencio todo: grabo y escucho en silencio.


Mi ánimo se encuentra exaltado: un ingenuo sentimiento de esperanza se esboza en mi sonrisa, y me pregunto por qué dos niños de pieles, lenguas... diferentes; por qué en este lugar nada humilde donde se congregan fe, poder y dinero; por qué cuando mi dignidad y mi humanidad fueron sobajadas —¿acaso el arcoíris de Viena fue un afortunado presagio? Omnes viae Romam ducunt? [Lat. ¿Todos los caminos conducen a Roma?]: Es una paradoja milagrosa de la Vida.

Yo no creo en Dios, y mucho menos en la Iglesia. Si bien nunca he creído tampoco en la Humanidad, creo en algunos seres humanos... Y lo que los alemanes me arrancaron con su odio, estos desconocidos me lo devolvieron con su niñez, con su ingenuidad.


Los niños dejan atrás la zona del obelisco, y se dirigen a la Basílica de San Pedro. Los padres los siguen como si fueran sus sombras alargadas sobre el piso. Esa es la última toma que veo en la grabación que hice.


FINIS.



Escrito en una computadora del área de Noticias del Canal 22, la tarde del Miércoles, 9 de noviembre de 2011, en el 22 aniversario de la caída del Muro de Berlín.













jueves, 3 de noviembre de 2011

Roma, Italia. Sábado, 9 de abril de 2011.


Sábado, 9 de abril de 2011.
Sabato, 9 aprile 2011.
Roma, Italia.

Hoy di mi resto. Caminé y caminé —creo que nunca había caminado tanto en mi vida—, y así, hasta donde me alcanzaron los pies, conocí Roma.
Es imposible conocer una ciudad en un día, y es aún más difícil si se hace a pie, y con la temperatura tan elevada que privaba.
En la televisión, en la calle..., la gente está sorprendida por el clima. Las temperaturas que he experimentado a lo largo del viaje —salvo las invernales de los primeros días—, corresponden más al verano que a la primavera.
Conocí El Vaticano —el Museo, la Basílica de San Pedro, la Capilla Sixtina y las tumbas de los Papas, donde la de Juan Pablo II era la más socorrida, ya que en algunos días será beatificado.
Dentro de la Capilla Sixtina se prohíbe tomar fotos, pero lo gente siempre encuentra el modo de llevarse un recuerdo. Un anciano colapsó en el interior, e inmediatamente fue atendido por paramédicos, quienes lo sacaron en camilla del abarrotado lugar.
De los Museos Vaticanos disfruté sobremanera un mosaico romano —en el cual me tomé una foto jugando con la luz solar— y el torso de Belvedere. “La piedad” de Miguel Ángel es impactante: ver a esa mujer gigantesca sentada mientras carga los despojos de su hijo.
La tienda oficial del Vaticano es opulenta y ofensiva. Es una metáfora de lo que representa este lugar en el mundo: riqueza, poder y fe.
Asimismo, caminé por el centro de Roma —el Foro Romano—, y rendí así finalmente tributo a mis dioses literarios latinos: Marco Valerio Marcial, Décimo Junio Juvenal, Cayo Plinio Segundo, Cornelio Tácito, Lucio Anneo Séneca y Gayo Julio Fedro.
Fue un reencuentro con mi pasado, con mi nombre. Y aunque nunca había estado aquí, sentí como si hubiera regresado a mi casa. Las estatuas de los emperadores, las ruinas, las inscripciones... me recordaron no sólo mis clases de latín en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, sino a más autores: desde los historiadores Tito Livio, Salustio, Suetonio hasta los comediógrafos Plauto y Terencio, sin olvidarme de los poetas Catulo, Propercio, Horacio, Virgilio y Ovidio. Varrón, Cicerón, Catón, Petronio, Persio, Publio Sirio, Lucano, Plinio el Viejo, Lucrecio, Tibulo, Ennio, Lucilio, Quintiliano... ¡Su espíritu aún está aquí! ¡Ah, el recuerdo de mis lecturas materializado en uno de mis más grandes anhelos: estar en Roma!
La sola contemplación del Coliseo es sobrecogedora. Sólo la primera vista de Santa Sofía y de la Mezquita Azul en Estambul me ha conmovido más.
Estoy contento. Revisé las fotos que he tomado hasta ahora, y al margen de que cada una representa ya momentos inolvidables de mi existencia, sé que hay material suficiente para montar una exposición fotográfica.
Hoy me sucedió algo mágico —“milagroso”, a su modo— en la Plaza de San Pedro, cuyo desarrollo debo sopesar si lo realizo en vídeo o en escritura —o quizá en ambos: Giorgio y Vai.
Después de estar en las Plazas del Pueblo y de Venecia, caminé entre la muchedumbre sabatina por la Vía del Corso. Incluso me ofrecí a tomarle una foto a una pareja estonia en el jardín desde donde se ve el hermosísimo monumento a Vittorio Emmanuel II. Estuve también en el Panteón de Agripa —este edificio y la columna de Trajano me dejaron absorto— y en la Plaza Navona. Busqué música griega, pero fracasé: di con una enorme tienda, pero no encontré a ningún artista helénico.
Tenía ganas de orinar. Así que busqué en dónde comer, y utilicé el sanitario. Comí pasta y refresco: 9 euros. Compré 20 postales de Roma por un euro —lo más barato de este viaje junto al bocadillo del Museo de Jamón en Madrid—, y adquirí un boleto del metro por otro euro. Me mantuve a raya.
Mañana espero no gastar dinero —quizá en una gorra, pero lo consideraré. Quiero comprar algo en Barcelona.
Ah, por cierto, cerraron la avenida que da al Coliseo. Había helicópteros, patrullas, vagonetas, y muchos carabinieri, carabineros.
Lo único que no encontré, y que estuve a un paso de donde está, pero los pies ya no dieron para más, fue la estatua de “Moisés” de Miguel Ángel.
En Milán, Berlusconi compareció ante la justicia debido a sus “escándalos”. Otro tema recurrente en los medios locales, son los inmigrantes tunecinos que permanecen en la isla de Lampedusa.
Me restan €91.
Mañana voy a Pompeya, Nápoles y Capri, y me tengo que levantar antes de las cinco de la madrugada.