A
decir verdad, no recuerdo cuál fue el primer blog que creé: “Palabras de viento” o “Cuadernos de sal”
—el archivo señala que la
primera publicación data de octubre de 2011. Lo cierto es que aunque ambos son
contemporáneos, han seguido caminos totalmente diferentes.
El
primero, por ejemplo, dedicado a la literatura, y al que he dedicado más tiempo,
alcanzó recientemente las 50, 000 visitas.
“Cuadernos
de sal”, con cuyo título pretendí aludir a la sal con que se pagaba a los
soldados en algunas culturas antiguas —de ahí la palabra salario— y a su
control en los registros públicos, así como a la remisión al término “cuadernos
de saldos” que generaba en mí, y su consecuente relación con mis diarios de
viaje, donde no sólo consignaba las experiencias que vivía, sino que llevaba un
control económico, es un espacio donde figuran crónicas tanto escritas como
fotográficas, además de viñetas anecdóticas.
En
el lapso más reciente he invitado a otras personas a colaborar, con el
propósito de nutrirlo con diversos puntos de vista —y a quienes agradezco mucho porque en lo personal también me han enriquecido. En el proyecto original
jamás estuvo planeado que alguien además de mí participara, pero como redactor
y editor de bitácoras electrónicas, en más de un año he aprendido que hay que
tener el criterio suficiente para respetar el cauce de las cosas.
Aunque
también se tiene que saber cuál es el enfoque que se desea. Sé que en la
actualidad abundan los portales —sin mencionar las revistas, guías y
suplementos especializados— con información turística, pródigos en consejos,
que son empresas exitosas y lucrativas.
Mi
objetivo ha sido compartir mi experiencia personal, y lo que he visto y
aprendido, sin la pretensión de afirmar que “conocí” tal o cual país.
Si
los relatos y las fotografías ofrecidos han resultado valiosos o inspiradores
para el visitante, me alegro sobremanera porque considero que así —y no
mediante fórmulas— se descubre el mundo.
Entre
los planes que albergo para “Cuadernos de sal”, está la participación de más
personas que deseen compartir sus vivencias, así como la difusión de autores
que ofrezcan una perspectiva literaria del viaje, y finalmente la transcripción
de los diarios de Cuba y Rusia.
Sean
pues estas 10, 000 visitas un augurio favorable para esta página que es tan
suya como mía.
César
Abraham Navarrete Vázquez.
Como a tanta gente que admiro
—y a quien no conozco personalmente—, entré en contacto con Florentino Fuentes
por medio de las redes sociales, y confieso que lo hice por accidente mientras
buscaba a quién agregar en Facebook.
Florentino correspondió
gentilmente a mi invitación, y a partir de entonces hemos cultivado una
relación virtual amistosa, basada en el respeto.
En este punto habría que
preguntarse si conocer de este modo a alguien no es más “genuino” —aun cuando
se argumente que la gente se proyecta en estos medio como desea ser percibido y
no como realmente es.
Cada cual se muestra por lo que
hace. Y en este caso en particular por el modo en que interactúa con sus
congéneres a partir de la escritura, la fotografía, el viaje...
Alguna vez reparé en viajeros verdaderos
que habían estado en lugares inaccesibles o prohibidos para el resto de las
personas: bases militares, montañas... Seres humanos que demostraban con los
sellos de sus pasaportes que habían visitado más de cien, ciento cincuenta,
doscientos países... ¡algo difícil de asimilar!
Florentino, a quien admiro
sinceramente, bien podría pertenecer al selecto grupo referido. Empero, él es
un viajero diferente. Se trata —como alguna vez se lo comenté por mensaje
privado— de un peregrino, en cualquiera de sus acepciones.
Esta entrada la concebí en la
mente hace meses, pero hasta ahora me obligué a escribirla, y creo que no hay
mejor manera de conmemorar la cifra tan simbólica que alcanza esta bitácora que
con un personaje como “Tino”, quien con sus comentarios y fotografías me revela
los lugares en que se encuentra.
Pensé en realizarle una
entrevista, pero después me di cuenta de que sería más enriquecedor propiciar
un “diálogo indirecto” para conocer su aprendizaje respecto del viaje —entre
otras cosas, a mí me intriga saber cómo alguien puede pasar largas temporadas
abrevando de otras tradiciones.
Redacté pues algunas
reflexiones personales, que fungieran como incentivo para que Florentino hablara
de lo que quisiera y cómo deseara desde la India, lugar en que radica desde
hace algunos meses. ¡Bienvenido, viajero!
Invito al lector a la página Across the Universe... En ésta disfrutará
de algunos textos e imágenes captadas durante sus periplos. A pesar de no concebirse como fotógrafo, Florentino posee la capacidad de mimetizarse con el medio en que se encuentre. De ahí que sus imágenes sean tan vivas y auténticas.
Durante
mucho creí que mi gusto por el viaje era semejante al que experimento por la literatura:
algo innato que descubrí por mi cuenta, ya que en casa no se leía.
Sin
embargo, al crecer y ser un poco más consciente de mi propia existencia, en un
ejercicio retrospectivo me remití a la infancia para descubrir —recordar— que
el traslado de un lugar a otro fue algo constante, sobre todo durante los
períodos vacacionales, gracias a mis padres.
Hoy,
desde la madurez que me han otorgado los años, comprendo que aquellos “viajes
familiares” realizados en una etapa de desarrollo, sembraron la semilla que germinó
dentro de mí.
Si
bien el destino era Guerrero preferentemente —Tlalchapa y Acapulco—, también se
presentaron los espontáneos recorridos carreteros por Oaxaca y el Sureste
(Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo), ¡llegando incluso a San Antonio,
Texas! Además de visitas a muchos otros estados que me permitieron conocer a mi país.
Sucedieron
diversas cosas en mi vida hasta que a los veintiocho años, y aparentemente de
la nada, sentí el impulso de viajar fuera de México. Y así lo hice,
convirtiéndome en un viajero tardío que se percató de lo que había hecho hasta
que regresó después de más de veinte días en el Medio Oriente.
Asimilé
que el viaje no sólo representa trasladarse físicamente. Uno se lleva a sí
mismo, y todo lo que es, incluso a cuestas, durante este período. En mi caso,
que viajé solo varias veces, me reencontré conmigo y tuve que soportarme hasta
que comencé a simpatizarme.
Pero
también existe la posibilidad de reinventarse, de ser alguien más. En Egipto,
cuando volaba de Asuán a El Cairo, si no me traiciona la memoria, entablé
conversación con un anciano estadounidense por demás afable, y al preguntarme
por mi nombre y lo que hacía, terminé creando una historia tan verosímil que no
sólo él, sino también yo, quedamos satisfechos con la respuesta. Los idiomas
facilitan esta escisión de la personalidad: es sorprendente reconocerse como si
se fuera “alguien más” cuando uno se escucha hablando y pensando en otra lengua.
Aunque
confieso que yo requiero de retornar a mi país para poner los pies sobre la
tierra, sobre mi tierra —sin caer en nacionalismos sensibleros: restablecerme
tanto económica como espiritualmente. La satisfacción de saber que tal
experiencia se solventó por el trabajo propio, es una de las experiencias más
provechosas que puede atesorar un ser humano —salvo los políticos y sus
familias y los “artistas” vividores del erario; ellos jamás sabrán de qué hablo.
No
obstante, los días siguientes a mi llegada sufro de “depresión post-viaje” —ya
de por sí mi carácter es melancólico y nostálgico. Me siento ajeno, desfasado
de la realidad. Pero a punta de mentadas de madre, toques de bocina y otras
manifestaciones propias de la neurosis citadina, me reinsertó en la aplastante
cotidianeidad.
Con
el tiempo, el hartazgo de la carretera, de los aeropuertos, de los puertos... se
transforma en impulso —necesidad— de emprender el rumbo otra vez, y la
concepción de un nuevo destino devuelve la ilusión, la cual nunca dispone de un
fundamento sólido, sino estriba en un anhelo instintivo.
Curiosamente
tuve que salir de “mi terruño” para valorarlo. Durante años me queje
amargamente de haber nacido aquí: sobre todo por los mexicanos. Albergue la
esperanza de radicar en otro lugar. Estuve en naciones más desarrolladas que,
si bien son espectaculares, me resultaron insípidas —“desabridas”, por usar un
término de casa, llevándome a aceptar que moriré en México, salvo que la muerte
me sorprenda en el camino.
Mi
modo de pensar acaso sea arbitrario. Hay lugares a los que me gustaría volver,
pero no lo haré hasta estar primero en otros desconocidos. Esto,
indudablemente, responde al descubrimiento tardío de mi vocación viajera, y al
deseo de querer conocer un poco más este planeta.
He
aprendido a nunca dar por hecho nada. Y así sucede con el viaje.
El
deseo de regresar al mundo siempre está presente en aquellos que alguna vez
tuvimos la oportunidad de errar por él. Para ello hay que disponer de la vida
misma.
Lo coloquial
Disfruto
mucho el ejercicio de analizar a la gente en sus contextos geográficos
originales. Es también, en mi caso, una tarea de carácter espiritual, de otro
modo no tendría sentido el nervio y el miedo que representan el traslado hacia
lugares desconocidos y a veces inhóspitos; el cansancio físico no tendría
recompensa y quizá sería uno de tantos que sólo toma fotos de museos o de
iglesias sin acercarse a la gente real.
No tiene que ver cuántos sellos o
países se visitan sino el tiempo de permanencia, y la comodidad y satisfacción
deben ser primordiales.
Disfruto la convivencia y observación de los diversos
estratos de una sociedad y las diversas aristas desde donde se intenta apreciar
y analizar: un canal de televisión, un mercado, una plaza comercial y un
parque, un antro de mala muerte, la cantina, el bar fresa, el centro de
oración, un periódico.
Detenerse, observar, hablar con ellos, vestir como
ellos, convertirte en ellos, ser ellos. Sé que lo logro cuando camino por la
calle de alguna ciudad y alguien se acerca a preguntarme una dirección. Soy ya
uno de ellos.
La fuga
Comencé
a viajar desde pequeño, obviamente acompañado; el auténtico reto ocurrió cuando
me aventuré por Europa siendo todavía un jovencito, inexperto e inseguro —salvo
la edad, no he cambiado mucho, me temo. Los idiomas que hablo fueron de gran
ayuda ya que me perdí muchas veces pero fue muy fácil encontrar el camino y
ubicarme. Desde ese primer viaje en solitario contemplé la idea de hacer una
vida en el camino, un camino y un modo que yo mismo diseñaría. Nunca fui un hippie o un backpacker y no creo llegar a serlo alguna vez. Hay muchas ciudades
a las que siempre regreso y en donde más que un visitante soy un habitante o
ciudadano: París, Ciudad de México, Nueva York, Berlín, Buenos Aires, Santiago,
Nueva Delhi.

La
fuga consiste en haber nacido con piel de huérfano y salir corriendo y evadir
todo tipo de situaciones que me sean innecesarias vivir o enfrentar. Es válido
siempre que lo pueda hacer, me lo permito, y aunque llegue el arrepentimiento,
continúo con la vida. Justo hace un par de días leí sobre la visita del
“biciclown”, Álvaro Neil, a Ciudad de México. Cuando inicié éste periplo, hace
dos años, vi en TVE un documental sobre éste hombre que viajaba por el mundo
teniendo como único fin el hacer reír a la gente, sin embargo me detuve en sus
ojos y asumí profunda tristeza y nostalgia; su huida era muy clara y palpable;
argumentaba que no podía dormir más de tres días en la misma cama de lo
contrario comenzaba a sentirse mal física y anímicamente. Fue casual que haya
visto ese documental y fue decisivo para no querer ser como él y no acabar como
él.

No
quiero viajar toda la vida, tengo 28 años y estoy muy cerca de establecerme en
un sólo lugar; he llegado a odiar la incertidumbre de lo que me espera en la
próxima ciudad; detesto la desilusión y la decepción y hay muy poco del mundo
que me pueda sorprender hoy en día.
Desde esa perspectiva India me ha enseñado
la mejor de las lecciones. Mi traducción de “Iluminación” al venir e intentar
recorrer todo éste país, significa que uno nace con la habilidad de fabricarse
su propia “iluminación”.
La fuga, desde ese punto, es y será siempre sobre un
camino interior. El viaje es un mero pretexto —de carácter obligatorio. Un
oxímoron.
Florentino Fuentes
Kochi, Kerala. India 2013.