Con
esta entrada inauguro la Nueva Época de la bitácora de viaje, Cuadernos de Sal.
Será
la primera vez que publico, con tan poco tiempo de intervalo, algo respecto de
un viaje. Otrora, preferentemente, dejaba reposar la información, con el
propósito de asimilarla.
Como cada vez que dispongo de la oportunidad de hacerlo, rendiré un sentido homenaje
a uno de mis escritores mexicanos favoritos: el olvidado Juan Carvajal, de
quien he difundido poesía, aforismos,
prosa,
y otros textos de viaje en
esta misma bitácora.
Después
de todo, las tres partes de sus Diarios
de Marruecos, así como su entrevista Una
tarde en casa de Paul Bowles —sin olvidarme de Paul Bowles, un caballero en el desierto en sus Evocaciones e invocaciones—, incidieron
directamente en mi decisión de visitar el país.
He
releído los textos mencionados, y he revaluado las palabras del autor-viajero: la
primera lectura resulto provechosa, pero un tanto lejana. Sin embargo, este
nuevo acercamiento me hizo redescubrir —así como coincidir y discrepar con— sus
narraciones, al grado de experimentar la familiaridad de los lugares y las situaciones que describe.
Por
lo que extraigo de sus escritos, Carvajal estuvo cerca de un mes en Marruecos,
en octubre y noviembre de 1993. Curiosamente, yo no me percaté de esto sino a
mi regreso, aunque no podía ser de otro modo —y menos en una etapa de mi vida
en que se cierran ciclos: viaje veinte años después de que él lo hiciera, casi
por la misma ruta.
Sea
simbólica esta entrada, donde he tratado de que comulguen mis pasiones: la
lectura, la fotografía, la escritura y el viaje, estableciendo un antes y un
después de mi experiencia como ser humano.
Bienvenidos.
Saludos entrañables.
César
Abraham Navarrete Vázquez.
Texto:
Juan Carvajal.
Fotografías:
César Abraham Navarrete Vázquez.
Para mi madre:
gracias
por formar parte
nuevamente de la aventura
de viajar.
Fez,
18 de octubre. Esta es una de las ciudades más dulces de la
creación humana, en todo sentido. En el orden físico, está colocada sobre sus
colinas como un admirable tapiz ocre, dispuesto con suavidad sobre el ensoñador
declive de sus laderas, equilibrado por las torres de sus mezquitas, algunas
tan bellas como las italianas y más de una compite con el campanile del Giotto
de la catedral de Florencia. Ese acuerdo entre naturaleza e historia, que aquí
está logrado en una textura evocadora de las más armoniosas ciudades europeas,
la vuelve un instantáneo objeto de culto estético para quien la ve. Esta
exquisitamente inolvidable entre las grandes concentraciones maghrebinas,
contiene a la más antigua, grande y bella de las medinas del África.

La Casbah la Kissaria, verdadero ombligo del mundo (que algunos llaman onfalos y
otros México), es una Edad Media en acción; fresca, aromática, tonificante;
idéntica a como era hace dos mil doscientos años, con el añadido de las
oscuridades y decrepitudes del tiempo, el viaje maestro, incorporadas a su
rostro actual, su inigualable pátina. Oscura y luminosa a la vez, en ella bulle
el mundo entero impregnado de un olor más allá del tiempo. La rica emanación de
este océano de humanidad se acentúa por la presencia y el olor de las
incesantes recuas de bestias que pasan a tu lado, de asnos a camellos, dando a
estas callejuelas abigarradas un reverberar de vida vuelta aquí eterna en su
antigüedad, pobreza y hermosura.

20
de octubre. Fez nos da por fin, a un grado que no pudimos
recibir en Tánger, el completo abandono de nuestro ser occidental; el olvido de
algo que al perderlo supimos que era lo que habíamos venido a buscar. En un
momento dado, sin saberlo, estábamos ya mimetizados con los indescifrables
olores de su vejez, ¡oh pestilencias del espíritu! que fueron enseguida una
embriaguez perfecta, un invasor veneno de cuyos efectos no queríamos ser
arrancados, que nos permitía formar parte de ese mundo denso de plenitud humana
y nos hacía entender y respetar sus ritmos exteriores y subyacentes. Alguna
tarde, con los primeros jirones de sombra entreverados con los rojos y
amarillos del ocaso, emprendíamos en compañía del sabio Mohammed paseos por una
Casbah que era un mar de sensaciones
complejas y únicas en su individualidad. Comprábamos las tres variedades del
pan árabe tan diferentes entre sí, y paladeando largamente sus masas y cortezas
recorríamos extasiados ese edén de los sentidos. Era una comunión.

En ninguna parte como en el
África la más pequeña concentración de frutos puede darnos una imagen del
anhelado oasis; la resequedad de los elementos de este mundo lo vuelve
inevitable. Pero ver en la Kissaria esas
suntuosas y complicadas torres de radiantes formas y brillante colorido
erigidas con un arte que iguala al de sus maestros constructores, son la segura
evidencia del Paraíso (palabra persa) terrenal. Sólo la resequedad puede dar
tal ansia de paraíso, por eso todo oasis lo es, todo fruto lo contiene. Yo
pertenezco a una sección del mundo (México, América) donde los frutos abundan,
por eso quizá, por esa atroz facilidad, somos un continente desactivado, apático en el sentido occidental; como
era antes África entera, como era (es) el Paraíso terrenal. Sin embargo nada
existe en este mundo tan edénico como el desierto puro. Hablaremos de eso.

28
de octubre. Uno debe quedarse para siempre en lugares como
este, o huir de ellos al instante, y entiendo por qué Bowles no escogió para
vivir esta ciudad sobre la sucia Tánger. Decía: “Fez es una ciudad cuya
situación fue escogida por razones puramente estéticas. La gente de Fez cree
firmemente en la importancia de satisfacer los sentidos, son adictos a los
perfumes, a las telas finas y a los colores; se rodean de cosas que les
produzcan placer sensual. En sus vidas hay una absoluta ausencia de tensión nerviosa,
una total ignorancia de lo que significa aburrirse, y esto contribuye a que se
sientan satisfechos con existir solamente, algo que muy pocos occidentales
pueden conseguir”. [...]
Es preciso destacar que Fez,
junto a la severa y deslumbrante Meknés y la muy-santa Moulay Idris, forman el
triángulo sagrado de Marruecos y de hecho de todo el Maghreb (que significa el
Poniente, es decir: ¡Occidente!) ya que esta última, por ejemplo, posee el
sitio sacrosanto de la zona, Oualili, al que los musulmanes concurren “al menos
una vez en la vida” si no poder ir a la Meca, y la indulgencia es la misma. Fez,
por su parte, no está menos orgullosa de ser el centro religioso del reino,
dotada con el mayor número de mezquitas que cualquiera otra ciudad. Y en el
Islam, usted sabe, religión equivale a cultura, de ahí que junto con Meknés
posea las más importantes y bellas medersas
(universidades) del norte africano, algunas de ellas supremas obras de la
edificación merinida, como las de El
Attarin o la de Ou Inania. Claro
que esta universidades no son muy universales en el orden de los conocimientos
científicos o generales, son o eran sobre todo escuela de teología y centros de
meditación, lo que no es pocas cosa, aunque las más ilustres como las
mencionadas o la de Bou Inania en
Meknés son ya sólo monumentos, si bien de incomparable ornamentación, de mayor
elaboración arquitectónica aun que los palacios, lo que tampoco es poco decir. [...]

Fez,
30 de octubre. Desde nuestro balcón del Palais Jamais, donde veíamos por las mañanas del coránico despertar
de una ciudad que parece tener el sueño ligero —a las dos de la mañana la Casbah expende aún todo y el muecín llama dos veces durante la
noche—, vimos por última vez en las colinas de enfrente descender al alba a la
gente rumbo a los menesteres ancestrales, los hombres a su oficio, los niños a
la escuela y las ondulantes mujeres en parejas majestuosas con ánforas en la
cabeza o bajo el brazo; el rítmico movimiento de esos cuerpos imprimía a la
escena un bíblico aire fuera del tiempo. Y en efecto, esos gestos se repiten
desde hace miles de años idénticos por las mismas polvosas veredas y son ya
imágenes de la parábola y del sueño.

El Islam no piensa en la eternidad, vive en ella. Por eso esta religión que ha
tenido, desde los tiempos del Profeta, el buen gusto de no entronizar imagen
alguna en sus libros sagrados, en sus templos o altares, sigue con absoluta
fidelidad el precepto coránico como evangélico que enseña no ocuparse del
mañana y tomar como modelo a los lirios del campo. Y este hecho explicaría en
parte ese enigmático inmovilismo que quizá sea, después de todo, una vocación
saludable para existir sin angustia en el presente y en la eternidad del
Profeta. Desdichadamente, y como nadie es perfecto, de ahí también quizá
proviene su iracunda intransigencia frente a los politeísmos de otras partes,
especialmente ante lo que ellos llaman analfabético cristianismo, venerador de
mil y un dioses y aun diosecillos menores, san esto y santa lo otro, a los que
adora además de manera repugnantemente fetichista.

Para los musulmanes, el Alcorán (El Libro, Al Kitab) no es una mera obra de Dios, como las almas de los
hombres o el universo, sino uno de los atributos de Alá, como Su eternidad o Su
ira. ¿Quiere usted conocer un ejemplo como es debido de la ortodoxia, que
algunos llaman fundamentalismo? Escuche entonces a Muhammad-al-Ghazali, el
Algazel de los escolásticos, quien dijo: “El Alcorán se copia en un libro (puesto que el texto original, La madre del Libro, está depositado en
el Cielo), se pronuncia con la lengua, se recuerda con el corazón y, sin
embargo sigue perdurando en el centro de Dios y no lo altera su pasaje por las
hojas escritas y por los entendimientos humanos”. El Islam entero sigue
haciendo valer la joya del fundamentalismo, el silogismo del califa Omar (641
d.C.) que, al razonar ilustremente: “Toda afirmación escrita que conforme el
Corán es superflua, y cualquiera de las que lo contradigan no debe tolerarse”,
mandó quemar todos los libros del mundo: la Biblioteca de Alejandría.

Meknés,
30 de octubre. Una hora después llegamos, en compañía de
Mohammed, a la milenaria ciudad de los meknassas, a la Meknassa ligada de modo
íntimo, casi nupcial al gran sultán alaoita Moulay Ismail, que la convirtió en
una auténtica maravilla. Aquí (y en Ouarzazate) se levantan los muros
arquetípicos erigidos por la (palma de la) mano del hombre. Luis Barragán se
enamoró enloquecido con razón de esta última ciudad y mucho valdría la pena
hacer una comparación entre su estilo y el de los constructores merinidas, que
es una lástima que él no haya intentado (¿o sí?).

Enamorarte de una pared, qué
atrocidad, dicho así y si no estás ante las de Meknés, que son inmensos lienzos
de oro (este oro es natural, de
tierra, no como el oro, hecho quien sabe de qué) en los que están inscritos de
manera exacta (cambiante) los hechos
del mundo. Estas fabulosas pantallas que cuentan la historia de la humanidad
reducen las imágenes de la TV a su dimensión rupestre, mal diagramadas y peor
impresas; son apenas comparables a los montes que rodean Delfos, y de ambos,
montes y muros, sólo se puede decir parafraseando a los antiguos cartógrafos: Hic morat deos.

¡Ah, Meknés, Alá te guarde! Si
tuviera que escoger para siempre entre tú y Fez ya quedé crucificado. Entre las
muchas razones que tengo para amarla está el hecho de que aquí pude entrar, sin
zapatos y todo, qué emoción, a la única mezquita a la que tienen acceso los
canallas —usted, yo, los alemanes— con patios interiores que cortan la
respiración con su embrujante atmósfera; ahí, en la mezquita de Moulay Ismail
en Meknés, puedo uno finalmente adorar a Nadie.
En medio de esos torrentes de complicadas y felizmente resueltas organizaciones
geométricas que son un preciado y evidente
reflejo de la Mente Pura que todo lo ha creado; ante esos nichos de
oración, modelo inigualable de la gracia, la discreción y la desnudez (de
espíritu) necesarias para dirigirse al Creador, me fue imposible, a mí, el
Muy-Ateo, no arrodillarme.

El guardián se emocionó al extremo; volvía la cabeza
hacia los rostros de la horda invasora, a la que despreciaba, como pidiendo la
indetenible continuación en cadena del milagro, que, hay, nunca ocurrió, pero
yo en cambio pude sentir sobre mí el desprecio y el asco que los árabes
despiertan en los hombres de Occidente. Cuando salimos, en medio de la
muchedumbre, me tocó reverente y dulcemente la mano con la suya y me dirigió
una oscura mirada que lo cielos no me permitan olvidar. ¿Qué hizo que me
arrodillara? No lo sé. El poder de la ritualística es enorme y quizá no fui
sino fiel a ella. [...]

Pero Meknés, ah, Meknés,
rodeada de un verdor de viñas y protegida por bosques de olivares y por las
grandes extensiones de oro de sus trigales, es una ciudad teologal. No por la
bellísima medersa orgullo del Islám,
la Bou Inania, cuyos comprimidos
claustros y celdas son un acuciante acicate a la meditación, sino porque sus
muros son la caja idiota de la eternidad, porque esas paredes siguen mostrando
lo no mostrable a los ojos del impío y
de cuantos lograren llegar hasta ella para ilustrarse.
¿Pero cómo se es digno de esa gracia?
Juan Carvajal, Con los pies desnudos (viajes), Diario
de Marruecos I, págs. 182-190 (Ediciones Sin Nombre, México, 2003).