Durante mis viajes por el mundo suelo llevar diarios con el propósito no sólo de escribir lo que experimento y conozco, sino también para controlar el dinero del que dispongo. Estos pequeños textos son “apuntes” que, aunados a las imágenes recogidas, me permiten, al consultarlos, desencadenar mis recuerdos y, a partir de esto, crear crónicas más vívidas con las anécdotas a flor de piel. En el trayecto me he topado con otros viajeros, quienes me enriquecieron con sus relatos y fotografías.

martes, 5 de marzo de 2013

Juan Carvajal: Con los pies desnudos (viajes).


El viaje es una de las formas concentradas y exaltadas del texto, y es como él múltiplemente abordable e inabarcable [...] Nuestros viajes y lecturas son indagaciones de una misma realidad, la realidad del mundo y de la vida, las dos caras del misterio del ser.

Juan Carvajal, Con los pies desnudos (viajes), El viaje.









A decir verdad, dudé en publicar la siguiente entrada en esta bitácora. Por su carácter literario tendría cabida sin problemas en Palabras de viento. Sin embargo, el eje del libro también se adecua con la temática de Diarios de sal: el viaje.

Juan Carvajal (1934-2001) fue un humanista —en el blog referido primeramente, realicé una pequeña selección poética, a partir de la cual también se pueden consultar otros vínculos como el número de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica dedicado al autor. Dispuso su vida a las letras: lector, poeta, editor, ensayista, traductor...

En la actualidad —y casi simultáneamente— leo dos libros: Con los pies desnudos y Evocaciones e invocaciones publicados por Ediciones Sin Nombre.

Si bien en el segundo figuran algunos “ensayos” que podrían considerarse crónicas de viaje —a decir, “Nueva New York” y “¡Napoli Orribile!”—, es el segundo ejemplar el que compila los relatos del poeta viajero.

En la solapa de Con los pies desnudos (viajes), José María Espinasa, amigo y editor de Carvajal apunta:



Juan Carvajal tuvo siempre el viaje como uno de los motivos de vivir. Cuando regresaba de alguno de ellos la recreación verbal que hacía era tan intensa que quienes lo escuchaban viajaban con él en ese periplo que en realidad no termina nunca. Había en su manera de viajar un tomar posesión de los lugares, de echar raíces en ellos para más que hacerlos suyos poder entenderlos y vivirlos a plenitud. Viajar, pues, era una manera de leer rostros y paisajes, objetos y acontecimientos. [...] Así, sus crónicas de viaje son una especie de diario de sus pasiones, de sus encuentros con lo que ya conocía pero sólo entonces tocaba, con esa literalidad en que se mira por las manos o por los pies, ya que imagino en mis inventos que hizo todos sus viajes descalzo, sintiendo ese sedimento bajo la tierra o respirándolo en cada bocanada de aire. Cuando envió a Ediciones Sin Nombre el mecanuscrito del libro que el lector tiene en sus manos venía en una carpeta con la sencilla anotación de viajes/textos. No pensé que se tratara de un título sino de una indicación del carácter del material textual que se reunía, pero el tiempo ya no nos dio tiempo de platicarlo. Y espigando en los textos encontré la frase que he puesto como título al libro: quiero pensar que le hubiera gustado.



La frase a la que alude Espinasa se encuentra en Diario de Marruecos III (pág. 215): “Con los pies desnudos sobre la arena soy el amo de mí mismo: soy nadie.”

El volumen está lleno de anécdotas. Por ejemplo aquella en que Carvajal se  topa en la Vía Apia romana con un vendedor ambulante de porchetta, que sonriente le ofrece su producto como “carnita” —es decir, como las tradicionales “carnitas” que se venden en su tierra—, debido a la gran cantidad de colonos mexicanos que se establecieron en la zona. También narra su accidentado encuentro en el Casino de Montecarlo con un compatriota, quien le pide que despache a dos esculturales mujeres que lo atosigan.








Copio fragmentariamente dos escenas más, la primera en “El parque del mostruo”: La Bocca dell’Inferno:



“Al penetrar, la sorpresa casi me tumba de espaldas, como se decía, durante un instante creí encontrarme en un suburbio de la ciudad de México: en el paladar, pintado con un horrendo chapopote (¿cómo lo consiguió?) vi el chorreante y desmesurado grafito con la firma de un conocido pintor mexicano, y la fecha. Me sentí anonadado y avergonzado: un profanante absurdo en un lugar absurdo pero insigne; decididamente los mexicanos somos peor que surrealistas, ¡pero a qué costo! ¡qué extraña y compulsiva necesidad de autopromoción! Salí en un estado miserable, cubierto literalmente de oprobio (¡en ese extraño lugar!), de manera furtiva, como si yo hubiera perpetrado esa mácula. La enorme y deforme boca tuvo sin embargo una última palabra: al salir y darme vuelta me mostró grabado en el labio superior su piadoso y sabio mensaje: Ogni pensiero vola [It. Todo pensamiento es fugitivo].”

(Bosquejos europeos I, Bomarzo (Parco dei Mostro), Viterbo, págs. 24-25.)








La segunda data de su estancia en Inglaterra:  



“Algunas veces, en el elevador de la Universidad, coincidía con el físico matemático Stephen Hawking; un día, ya que siempre le cedía el paso y lo ayudaba a salir, me preguntó mi nombre, y desde entonces cuando yo llegaba ya tenía su saludo y mi nombre en la pantalla de su computadora. Otro día, el asistente que lo atendía en su silla de ruedas me indicó con la mirada que viera la pantalla; había una pregunta: “¿mexicano?” Dije que sí, con la cabeza. Ese fue mi diálogo con el genio. Cambridge es todas las ciudades, yo la amo como si fuera la única; mi único reparo: sus nativos distaban físicamente de estar a la hermosa altura de sus atmósferas, de sus arquitecturas y jardines.”

(Bosquejos europeos III, Cambridge, Inglaterra, pág. 119.)








Finalmente, transcribo íntegro un texto que escogí no sólo por su brevedad, sino también porque muestra la amenidad con que el autor concatena situaciones aparentemente disimiles en su prosa. Se trata de Grecia, quizá el lugar que más admiraba Carvajal tal como dan cuenta sus relatos: Paros, Míkonos, Atenas...

Olimpia, Hélade figura en las páginas 26 a 27 de la sección Bosquejos europeos I:



Heme aquí, atleta en exilio, pisando al fin luego de tantas idas y venidas el suelo sagrado del Estadio Olímpico, el verdadero, el arquetípico, aquel que pisaron los antiguos y venerados héroes: Gerón de Siracusa, Terón de Agrigento, Agesias, hijo de Sóstrato, Diágoras de Rodas, Alcimedonte de Egina y tantos otros cantados por los líricos de entonces. Me encontraba con una amiga inglesa cuyo nombre debo callar, tres años mayor que yo, que nunca hacía deporte, bebía sin parar y fumaba tres cajetillas al día de Rothman’s, tal cual. Yo practicaba toda suerte de juegos en mi lejano Tepoztlán, desde tenis a fútbol, y había jugado por toda Europa. Después de mis abluciones, reverencias y acatos, decidí efectuar una carrera ritual a lo largo de la pista inmortal en alabanza a los antiguos héroes tutelares. Me coloqué en posición y estaba a punto de arrancar cuando vi a mi amiga a mi lado. “No corras solo”, me dijo, “que valga la pena”. ¡Dioses! Imposible negarme a su buena voluntad, imposible decirle en ese instante que yo, etcétera, y que ella, etcétera. Tuve que aceptar, con un sentimiento de completa desvirtuación del acto. Entonces discurrí con toda la celeridad de que soy capaz: “Sí, —le dije—pero ida y vuelta”. Ella, ante la magnitud de la empresa, tendría que negarse. “All right” [Ing. Está bien]. escuché, y contó enseguida: uno, dos, y arrancamos. Me aventajó de salida. “Qué raro —pensé—, pero mejor así; la dejaré por un rato, para eso soy un caballero”. A los quince metros me llevaba un paso y a los veinte dos, “bueno, ¡ahora!” y me impulsé, dispuesto a hacer valer y disfrutar mis indudables ventajas: hombre, macho y mexicano, and non-smoker [Ing. y no fumador]. Como a los treinta metros vi, más que sorprendido, que la ventaja era de cinco pasos o algo así; quise imprimir mayor velocidad, pero me di cuenta aterrado que era ella la que salía disparada, como si adivinara mi intención; a los cincuenta o sesenta metros la distancia que nos separaba era considerable. Cerré los ojos para no verla cuando nos encontramos a su regreso. Al llegar al extremo de la pista y darme vuelta para regresar, la vi corriendo afuera, hacia sus sempiternos cigarrillos Rothman’s, buen marca. Muchas cosas cambiaron en mí desde ese día. Desde entonces y entre otras cosas ya no practico ningún deporte, ni leo a Píndaro.

2 comentarios:

  1. Gracias Cesar Abraham Navarrete por compartir textos tan hermosos y tan desconocidos. Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. —Estimada Yvonne: Agradezco sobremanera tus comentarios, los cuales son un aliciente para mí. Del propio Carvajal transcribí y publiqué recientemente fragmentos de su viaje a Marruecos. Te ofrezco el vínculo por si gustas leerlo:

      http://diariosdesal.blogspot.mx/2013/10/marruecos-parte-i-fez-y-mequinez-diario.html

      Te mando saludos cordiales, acompañados de gratitud.

      Eliminar